El viaje de Michel

domingo, 6 de abril de 2008

 

Con la claridad de la mañana el señor Michel comenzó a pasear. Una muchacha sin dormir le miró y otros jóvenes se cruzaron en su camino. El salía y ellos volvían. Michel se miró en el reflejo del escaparate de la tienda de muebles. Era un hombre apuesto pero las arrugas habían comenzado a mellar su expresión de conquistador. Su sonrisa de artista no dejaba lugar a dudas de que le gustaba soñar y seducir. Sus ojos eran grandes, y, contemplados en el reflejo del cristal, parecían negros. En esa madrugada, el señor Michel, tras tomar un té y tostada, se despidió de la noche como nunca antes y empezó a sentir de nuevo que su vida tenía poesía. Su perro fiel Otto, siempre a su lado, vigilaba a su compañero de viaje en cada paseo matutino.Ese día Otto estaba particularmente inquieto antes de salir. Era la mañana de un 4 de abril. Ese fue el día en que Michel decidió no regresar a su hogar. Paso a paso comenzó su camino. Las calles y baldosas tenían un brillo especial tras la lluvia nocturna. Estaba cansando de regresar siempre a una casa vacía con sillones fríos. Michel vivía en una buhardilla y sus amigas las palomas cuidaban de ella cuando no estaba. Eso no le preocupaba. En la buhardilla Michel era feliz con su música, Otto y sus recuerdos, pero a veces la melancolía se adueñaba de su alma, y ya no era capaz de soñar ni comenzar proyectos. Pero ese 4 de abril era el momento. El día perfecto y el instante idóneo. Nuestro amigo Michel se lanzó a su aventura sin retorno. ¡Cómo es la vida! Cuánto tiempo había pasado desde que Michel perdió a su mujer, hace tres años. Su corazón de 79 años estaba débil, pero había aprendido mucho. La vida le había enseñado a amar, a volar con los pies en la tierra y a que los viajes siempre son sin retorno . Recogió su maleta de cuero volteado, y caminó hasta la estación. Espero cuatro días y cuatro noches frente a la estación de Burdeaux, hasta que alguien le ofreció un destino. Sabía que ese destino llegaría. Sólo cabía esperar.

La mujer se llamaba Luisa, y se sentó a su lado la última hora del cuarto día. Luisa tenía una mirada de niña que brillaba especialmente en estaciones de autobuses. A Luisa la gustaba jugar con su pelo, y a sus 77 años podía correr 1 km sin perder el aliento. Luisa le habló de sus nietos, de sus hijos, de sus sacrificios, y, poco a poco, comenzaron a crecer juntos, sentados, ahí, frente a la estación de autobús. Tras esa última hora, en el cuarto día, Luisa y Michel tomaron la decisión de irse juntos. Luisa no tenía nada, sólo un chaquetón azul y un perro juguetón llamado Tic. Pero, estaba preparada para embarcarse en sueños locos, a pesar de sus 77 años. Sí, aunque parezca mentira, ¡¡la gente mayor también tiene sueños e ilusiones!!

Michel y Luisa tomaron, aquel 4 de Abril, un autobús. En la lejanía se les podía ver a ambos, sonrientes, abrazados, contemplando con inocencia los sueños y viajes de otros.

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Tras semanas de búsqueda los familiares de Michel y Luisa descubrieron lo que ya habían sospechado. Que habían muerto. Un accidente de autobús. Una curva en la carretera en un día de lluvia.

La muerte es uno de los momentos más importantes y bellos en la vida de una persona. Un recuerdo para Lucía, que perdió a su madre ayer.

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